Leche en las Américas: cómo el colonialismo dejó su marca en el continente
- La Burra Sapiens
- 28 feb 2022
- 8 Min. de lectura
Autora: Matilde Nuñez del Prado Alanes
Artículo original publicado inglés por Sentient Media
Las primeras vacas llegaron al continente con Colón en su segundo viaje, en 1493. Para muchas personas, la leche es tanto una bebida como un símbolo de su pasado colonial.

Las Américas tienen una compleja, extraña historia con la leche. Aunque la domesticación de animales era una práctica extendida entre varias culturas pre-colombinas, la introducción de la leche a la dieta en el continente empezó recién en el siglo XVI, como parte del proceso de ocupación territorial y dominación colonial. Hoy en día, la producción de leche sigue ocupando grandes extensiones de tierra, contaminando el agua y dañando ecosistemas vitales en todo el mundo, y su consumo provoca graves problemas de salud en más de dos tercios de la población mundial.
La introducción de animales al “Nuevo Mundo” fue una de las estrategias más efectivas para consolidar la agenda colonial europea. Las primeras vacas llegaron al continente en el segundo viaje de Colón en 1493, y se propagaron por todo el continente en poco tiempo. La introducción y expansión del ganado a las Américas ayudó a los conquistadores a ocupar territorios, destruir ambientes nativos, introducir cultivos europeos y apoyar diversas actividades extractivas que favorecían al imperio. Como señala la antropóloga Rosa E. Ficek, “la conquista se hizo indirectamente a través de los cuerpos del ganado, que ocupaban cada vez más espacio”. Las y los pobladores nativos —animales y humanos— se vieron invadidos no sólo por los colonos sino también por sus animales, que ayudaron a transformar los ambientes de la Américas para adaptarlos a fines europeos.
La importación de animales tenía además un trasfondo ideológico bañado de racismo y complejo de superioridad. De acuerdo a Rebecca Earle, autora de The Body of the Conquistador, para los europeos, la comida hacía que sus cuerpos fueran diferentes a los de los nativos. “Sin los alimentos adecuados, los europeos morirían, según temía Colón, o, igualmente alarmante, podrían convertirse en amerindios”, escribe. Además, los conquistadores consideraban que sus métodos de agricultura, basados mayormente en el ganado, eran mejores que las formas locales. A los ojos de los colonos, el ejercicio de dominio humano sobre otras criaturas consideradas “menores” era una demostración de superioridad cultural. Imponer su sistema de ganadería, transformar las relaciones humanas-animales y cambiar los patrones de alimentación de los nativos era una forma de “civilizarlos”, que era uno de los principales objetivos de colonización. Así, el colonialismo alimentario no fue una consecuencia de la conquista, sino parte integral del proyecto imperial.
Pese a la temprana expansión de las vacas tras la llegada de los europeos, el consumo de leche no se extendió tan rápidamente por el continente. Durante la mayoría del período colonial, la producción de leche se mantuvo a nivel de subsistencia y se consumía mayormente por las familias de los hacendados, y por sus trabajadores cuando había un excedente. Recién hacia finales del siglo XVIII, la creciente necesidad de mano de obra llevó a la preocupación por la fertilidad, la natalidad y las prácticas de lactancia de las trabajadoras, y a la imposición de la leche de vaca como alimento necesario. El largo período de lactancia a la que las indígenas y las negras esclavizadas estaban acostumbradas parecía impactar negativamente en la fertilidad y reducía la cantidad de trabajo de las madres lactantes. Además, la leche de estas madres era considerada de mala calidad en comparación con la de las vacas europeas. Para Mathilde Cohen, Profesora de Derecho en la Universidad de Connecticut, el colonialismo de la leche y el colonialismo de la lactancia son parte de lo que se denomina “colonialismo animal”. “Mejorar o modernizar la maternidad supuso sustituir el pecho humano por leche de vaca”, así que “las animales lactantes fueron reclutadas en una política reproductiva colonial destinada a reformar la maternidad”, afirma.
La mayoría de colonias en las Américas lograron su independencia de Europa entre los siglos XVIII y XIX, sin embargo, la leche se siguió imponiendo en toda la región como una forma de neocolonialismo articulada a los intereses del capital. Como escribe Merisa S. Thompson, Profesora de Género y Desarrollo en la Universidad de Birmingham, “tanto la leche humana como la leche de animales se manipulan cada vez más con fines económicos, y esta última se encuentra cada vez más bajo el alcance de la ley”. Durante el siglo XX, la masificación del consumo de leche fue resultado de políticas estatales, primero en Estados Unidos y luego en el resto del continente. De acuerdo a Vox.com, durante la primera guerra mundial, muchos campesinos estadounidenses dejaron el cultivo de granos para concentrarse en la leche debido a la demanda estatal de este alimento para los soldados. Con el fin de la guerra, la demanda de leche bajó significantemente, pero su producción no cesó sino que más bien se implementaron campañas para fomentar su consumo. La leche fue publicitada como un alimento esencial para el crecimiento de los niños y el fortalecimiento de los huesos, se la introdujo al desayuno escolar, se incentivó que los restaurantes tuvieran menús con alto contenido de productos lácteos y lo que todavía sobraba se enviaba a otros países como ayuda alimentaria.
En Latinoamérica y el Caribe, la producción de leche se convirtió rápidamente en pieza esencial del deseado desarrollo económico. Los gobiernos de la región no sólo crearon campañas de fomento al consumo de leche sino que además facilitaron la importación de equipos para ordeño e infraestructura para el procesamiento de leche por parte de grandes terratenientes, e invirtieron en capacitación y programas de crianza. Estados Unidos también intervino por medio de créditos orientados al desarrollo que, de acuerdo a Ficek, “alentaron las cercas, la mejora de pastos, la vacunación, el saneamiento y otras intervenciones que ayudaron a convertir el ganado en ganancia”. Esto supuso la expansión de un modelo capitalista estandarizado que implica la importación de pastos especiales, antibióticos, herbicidas, nuevas razas, y la introducción de nuevos alimentos en las dietas de las vacas para mejorar su productividad. “Al igual que con otras técnicas de construcción de estados-nación, la producción de leche ha producido nuevas formas de dominación”, afirman Veronica Pacini-Ketchabaw, Cristina Vintimilla y Alex Berry, investigadoras del tema en la región andina.
La huella colonial de la industria lechera
Hoy en día, el legado colonial de la leche sigue afectando a la región. Aunque Latinoamérica representa sólo el 8% de la población mundial, produce el 11% de la leche del mundo. Casi un cuarto del ganado vacuno se destina a la producción de leche en Brasil, que tiene el segundo hato lechero más grande del mundo y es el primer productor de leche en la región. En otros países el porcentaje puede ser incluso más alto, como el caso de Colombia, donde el 41% de las vacas trabajan para la industria láctea. Sólo en Sudamérica, la producción de leche alcanzó 64 millones de toneladas en 2018, y a nivel latinoamericano, aumentó alrededor de 3,3% entre 2020 y 2021. Todo esto trae consecuencias negativas para el medio ambiente, que van desde la contaminación de ríos, las altas emisiones de gases de efecto invernadero, el uso excesivo de agua y, probablemente la más grave, la destrucción de la Amazonía.
Se calcula que entre 1985 y 2018, la Amazonía perdió 72,4 millones de hectáreas de bosques y cobertura vegetal, de las cuales el 70% se destina a pastizales y gran parte del resto a cultivos forrajeros. Por supuesto, la producción local de leche contribuye en cierta parte a esta catástrofe, pero en este caso comparte la responsabilidad con la industria lechera internacional. De acuerdo a una reciente investigación de The Bureau, Greenpeace Unearthed, ITV News y Daily Mirror, “las granjas del Reino Unido que suministran leche y productos lácteos para el queso cheddar Cathedral City, la mantequilla Anchor y el chocolate Cadbury están alimentando a su ganado con soja de una controvertida agroindustria acusada de contribuir a la deforestación generalizada en Brasil”. Esto afecta no sólo a millones de animales que se ven mermados por la pérdida de su territorio, sino también a los más de 100 pueblos indígenas que viven en la zona.
Además de la devastación ambiental, la producción y consumo de leche en las Américas conllevan varios problemas de salud. Según un estudio publicado en The Lancet, aproximadamente el 68% de la población mundial sufre de malabsorción de lactosa. Esto quiere decir que una vez que pasan la infancia temprana dejan de producir lactasa y no pueden digerir los azúcares de la leche. Sin embargo, pese a que en Estados Unidos, la no persistencia de la lactasa ocurre en la mayoría de las personas africanas, asiáticas, hispanas y nativas americanas, las Pautas Dietéticas para Estadounidenses recomiendan de dos a tres porciones diarias de productos lácteos, lo cual podría ser calificado de sesgo racial, de acuerdo a una investigación al respecto.
La intolerancia a la lactosa puede presentar síntomas como acné, hinchazón, calambres o diarrea, entre otros, y aún sí no es la peor consecuencia de la leche para la salud. El consumo de lácteos ha sido asociado a un mayor riesgo de cáncer de mama, ovario y próstata, enfermedades autoinmunes, y Parkinson. De acuerdo al Physicians Committee for Responsible Medicine, las grasas saturadas en la leche y otros productos lácteos contribuyen a enfermedades cardíacas, diabetes tipo 2 y la enfermedad de Alzheimer. Además, estudios muestran que el consumo de leche aumenta el riesgo de mortalidad total y, contrariamente a lo que se difunde, las tasas de fracturas óseas tienden a ser más altas en los países que consumen mucha leche, en comparación con los que no lo hacen. Pese a todo eso, en la mayoría de países de la región se toman las Pautas Dietéticas para Estadounidenses como referencia y se ejecutan programas de fomento al consumo de leche en base a ello —por ejemplo, en Bolivia, Ecuador, Paraguay y Colombia—, lo cual muestra que el colonialismo ha trascendido hasta la actualidad a desmedro de la salud de la población.
Imaginando un mundo sin lácteos
Como explica la escritora y activista Zane McNeill, el dominio que ejercen las naciones y corporaciones del Norte Global sobre las naciones previamente colonizadas en el Sur Global, a través del capitalismo internacional, es una forma de neo-colonialismo. Y eso es precisamente lo que sucede actualmente con la industria lechera en las Américas. ¿Qué pasaría si toda la región decidiera dejar la leche de vaca para los terneros? ¿Podemos imaginar otro futuro?
Ecológicamente, una medida como esa contribuiría a reducir considerablemente la huella de carbono, el uso de agua y la contaminación de los ríos. El uso de antibióticos y agrotóxicos también se reduciría. La deforestación de la Amazonía sería mucho menor, dando lugar a la recuperación de la flora y fauna local, y permitiendo una mayor captura de gases de efecto invernadero. La salud de la población mejoraría en muchos sentidos, contribuyendo a reducir la actual sobrecarga del sector sanitario y ahorrando gastos estatales en salud. Asimismo, reduciría el riesgo de enfermedades zoonóticas asociadas a la producción de lácteos, como la tuberculosis, la brucelosis, la leptospirosis, la salmonelosis y la listeriosis.
Latinoamérica y el Caribe están llenos de plantas nutritivas que sirven perfectamente para crear leches vegetales, como el amaranto, el tarwi, la quinua, la almendra amazónica, el maní y la papa, entre muchas otras. Cambiar la leche animal por leches basadas en plantas locales sería no sólo un acto de reivindicación cultural y territorial, sino de ejercicio pleno de la soberanía alimentaria. Los trabajadores del antiguo sector lechero encontrarían empleo en este nuevo sector de leches vegetales autóctonas.
Por encima de todo, abandonar el legado colonial de la leche liberaría a millones de vacas, toros y terneros del sistema de explotación al que se encuentran actualmente sometidos, eliminaría el sufrimiento de madres y bebés que cada día son separados prematuramente, evitaría el padecimiento de dolorosas enfermedades a cientos de animales sintientes y permitiría que disfruten de la hierba, del sol y de sus seres queridos. Para los humanos, tal acto de compasión traería como recompensa una vida más saludable, con menor riesgo de enfermedades invasivas y una mayor esperanza de vida.
Entonces, ¿qué estamos esperando?
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