Nosotros creamos esta bestia: la ecología política del COVID-19
- La Burra Sapiens
- 4 abr 2020
- 9 Min. de lectura
Dos mapas reales de China. El mapa de la izquierda, de principios de enero de 2020, muestra como anaranjadas nubes de nitrógeno se extienden por todo el país. En el mapa de la derecha, de un mes y medio después, esas nubes han desaparecido. ¿Qué pasó?

Fue el filósofo francés Bruno Latour quien compartió estas imágenes satelitales en un tuit, señalando que un virus fue capaz de lograr medidas políticas que el Estado chino siempre creyó imposibles. Pues, el mapa de la derecha muestra a China después de que su intenso tráfico interno se detuvo, solo unas pocas semanas después de que se puso en marcha la cuarentena para contener la pandemia COVID-19.
Bruno Latour ha estado abogando por una reconceptualización de cómo pensamos sobre la política moderna durante décadas. En lugar de pensar en nuestro orden político como claramente distinto de la naturaleza, en Nunca hemos sido modernos (1993) Latour sugiere que lo político siempre está entretejido con el orden natural del cual afirma distinguirse. La pandemia del COVID-19 demuestra su punto una vez más. Como sea que uno se imagine cómo la naturaleza y la cultura están interconectadas, está claro que los agentes ecológicos tienen una influencia poderosa en la sociedad. La pandemia del COVID-19 nos obliga a impulsar esta idea aún más: es hora de enfrentar el hecho de que nuestro propio sistema político ha desempeñado un papel importante en la producción de este nuevo actor ecológico. Nosotros somos los que creamos este llamado monstruo.
No es natural
En una economía global que interviene crecientemente en el ecosistema, no es sorprendente que nuevos virus emerjan y luego migren de un lado del mundo al otro a la velocidad de la luz. No hay para nada algo “natural” en eso. La velocidad a la que se propaga el virus es impulsada por la globalización económica, y la asimetría por la que lo hace se guía por la desigualdad socioeconómica. Esto también se aplica a la forma en que los virus como COVID-19 ingresan a nuestra sociedad.
Lo primero que hay que entender, como sugirió recientemente Dennis Caroll a la cabeza del Global Virome Project [Proyecto Global Virome], es que cuando se trata de este tipo de virus, “cualquiera de las amenazas futuras que enfrentaremos ya existen; actualmente están circulando en la vida silvestre”. En años recientes, hemos visto aumentar la demanda de vida silvestre en el mercado de alimentos. Con esta comercialización de la vida silvestre, estamos en contacto más cercano con ecosistemas milenarios que anteriormente estaban cerrados a la interacción con humanos. Sobre la base de ese argumento, el biólogo Rob Wallace, autor de Big Farms Make Big Flu, concluye en una entrevista reciente que, a través de la deforestación y la comercialización de la vida silvestre, “muchos de esos nuevos patógenos previamente controlados por ecologías forestales de larga evolución están siendo liberados, amenazando al mundo entero”.
Es este enredo catastrófico del capitalismo global y el eco-colonialismo lo que nos ha traído tanto la urgente amenaza epidemiológica del coronavirus como la destrucción del clima global.
No es una fuerza externa
Esto nos obliga a reconsiderar cómo pensamos sobre la relación entre el virus y nuestro orden político. Realmente es demasiado simplista pensar que este virus es un intruso que nos amenaza desde afuera.
Y, sin embargo, hasta ahora la mayoría de las personas, y los políticos igual, han dudado en hacer esa conexión. En cambio, el COVID-19 ha sido enmarcado y conceptualizado como un extraño, un intruso o incluso un invasor que amenaza a la sociedad moderna de la que es esencialmente distinto.
En un movimiento típico, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se refirió al COVID-19 como un "virus chino", una metáfora hipernacionalizada y racista, diseñada para incrementar tanto la xenofobia como la ingenua creencia de que la pandemia no está relacionada con la actividad humana. Además de esto, en los últimos años ha despedido a los pocos especialistas que podrían haberlo ayudado a derrotar la epidemia.
Esta reacción es emblemática por la fijación en el exterior y la política de otros que la mayoría de los políticos y los encargados de formular políticas siguen, adheridos religiosamente. El virus se representa como un invasor o bioterrorista que interrumpe de forma temporal y radical "nuestra forma de vida" —parafraseando el eslogan de la UE.
Y así, en lugar de entender al virus como un actor político que pertenece inherentemente al ecosistema que hemos co-construido, y en lugar de concluir que este virus es literal y figurativamente una mutación en la política global del capital neoliberal, los políticos de todo el mundo se apresuran en enmarcarlo como un enemigo externo.
La verdad es, sin embargo, que el virus no es ni una aberración ni un monstruo: simplemente nos revela la monstruosidad de los negocios habituales en el capitalismo eco-colonial.
No es excepcional
En la mayoría de países europeos, los políticos fueron relativamente lentos en reaccionar. Las medidas tomadas inicialmente por la mayoría de gobiernos en las pasadas semanas son completamente consistentes con el orden neoliberal y se basaron completamente en la idea de que el COVID-19 es un intruso que ha entrado en la sociedad humana, independientemente de cualquier cosa relacionada, incluso remotamente, con la política neoliberal. Además, el enfoque inicial estaba en las consecuencias económicas que las medidas preventivas causarían —y casi nunca en las consecuencias que provocará el daño.
En la primera etapa, hubo una apelación completamente sin compromisos e individualizada: lávese las manos y continúe trabajando y consumiendo. En una segunda etapa, los gobiernos de todo el mundo tomaron gradualmente medidas más amplias, aunque sin poner demasiada carga en las cadenas de suministro mundiales, ni en la producción y el consumo.
Mientras que China se está recuperando lentamente del brote, Australia y la mayoría de los países europeos han alcanzado la tercera etapa, con Estados Unidos rezagado [N.T.: nótese que el artículo original fue publicado el 18 de marzo; actualmente Estados Unidos encabeza la lista con más 250000 casos confirmados]. Italia, España, Austria, Francia y Bélgica están en un bloqueo total. Alemania ha prohibido todas las reuniones de más de dos personas, Hungría planea anunciar un estado de emergencia indefinido. La Unión Europea ha cerrado temporalmente la zona Schengen y muchos países del mundo han cerrado sus fronteras nacionales. La seriedad de la situación finalmente se ha considerado: toda la vida social y económica se ha paralizado casi por completo, —teniendo en cuenta la metáfora— sólo los sectores vitales siguen funcionando.
Pero aún así, la mayoría de las personas y los políticos parecen incapaces o no quieren repensar nuestra relación con el ecosistema en serio. La mayoría de nosotros todavía pensamos en la situación actual como un estado de excepción, o tal vez como una oportunidad más para que los regímenes autoritarios promuevan su control sobre las personas (lo cual es cierto). Estas medidas se enmarcan como una estrategia excepcional para expulsar febrilmente el virus del cuerpo político. Escribiendo desde los Países Bajos, donde vivimos, hemos escuchado a nuestro primer ministro asegurarnos que "los Países Bajos son ahora un paciente". Exorcizar al invasor, restaurar la normalidad.
Pero, ¿qué pasa si este llamado estado de excepción es, de hecho, la normalidad del neoliberalismo global, aunque en extremo?
No queremos decir esto en la forma en que lo hizo el filósofo italiano Giorgio Agamben, cuya sugerencia en el periódico italiano Il Manifesto de que el gobierno había inventado una epidemia ("la invención de una epidemia") para legitimar las medidas autoritarias no ha envejecido bien. Aunque, para ser justos, la velocidad con la que algunos regímenes neoliberales e iliberales de derecha han utilizado esta crisis para cerrar las fronteras y gobernar por decreto debería provocar cierta reflexión.
En cambio, lo que queremos enfatizar es que no es casualidad que los gobiernos neoliberales e iliberales en Europa y en Australia tiendan a privatizar la lucha política contra el virus tanto como sea posible y apunten a proteger la acumulación de capital contra la ausencia o el rechazo de trabajo. Por el contrario, esto tiene que ver con cómo el neoliberalismo siempre ha tratado de contener la política de solidaridad y cómo ha utilizado el trabajo como fuerza disciplinaria.
La política de contención
El neoliberalismo siempre ha sido principalmente una política de contención. Mediante una cuidadosa dosificación y canalización, busca contener cualquier política democrática real; es decir, una política basada en la solidaridad colectiva y la igualdad. Al igual que el coronavirus, la política democrática es una amenaza para la primacía del mercado. Friedrich Hayek, uno de los principales progenitores del neoliberalismo, fue bastante claro al respecto: "La política debe ser destronada", escribió en Law, Legislation and Liberty (1979).
Los políticos han despreciado descaradamente cualquier intento de cambiar la forma en que pensamos acerca de la política, cualquier intento de llevar a casa la urgencia de la crisis climática y la necesidad y posibilidad de solidaridad. De izquierda a derecha, sonó el dicho que ahora de repente se siente extrañamente fuera de lugar: "no hay alternativa".
¿Porque realmente no hay alternativa? Paradójicamente, las medidas actuales para contener la pandemia del corona arrojan una luz completamente diferente sobre el asunto.
Todos los expertos parecen estar de acuerdo en un tema: el distanciamiento social y el aislamiento es la mejor manera de contener o retrasar la propagación del virus. En términos prácticos, esto significa que una de las principales arterias de nuestra economía debe cortarse temporalmente o renovarse por completo: la jornada laboral simplificada de 8 horas.
El autoaislamiento colectivo y el distanciamiento social al que ahora nos adherimos voluntariamente tiene todas las características formales de una huelga general. A medida que en el ámbito laboral se recurre a las tecnologías que ya estructuran el trabajo, esta simulación de una huelga general parece torpemente apta. Por lo menos, es un experimento extenso en trabajar desde casa; y potencialmente esto también podría convertirse en un experimento para recuperar algo de control sobre nuestro propio tiempo y nuestras horas de vigilia, una promesa emancipadora deformada por la fetichización neoliberal de la flexibilidad y la movilidad. También hemos aceptado que, durante este período, habrá menos trabajo realizado, y de hecho habrá menos trabajo. Estamos presenciando los vagos contornos de una jornada laboral y una semana laboral más cortas.
Combatir el virus mediante el autoaislamiento y el distanciamiento social tiene el efecto secundario no deseado de mostrarnos cómo la organización de gran parte del trabajo remunerado está íntimamente relacionada con la destrucción o preservación del ecosistema que encapsula todas nuestras vidas. Combatir el virus significa luchar contra el trabajo.
Y así, a pesar de la situación misteriosa y distópica en la que nos encontramos, existe este brillo de utopía: estamos trabajando menos, con más control sobre nuestro propio tiempo. Un tenue brillo, para estar seguros. También es crucial recordar que la lucha contra el trabajo y la lucha contra el trabajo asalariado son dos actos políticos distintos, aunque potencialmente simultáneos. De hecho, mientras los revolucionarios de 1968 exigieron la abolición del trabajo asalariado, en cambio obtuvieron la abolición de los empleos estables. Resultó en la precariedad masiva de trabajadores que ahora están excluidos de este brillo utópico y, en cambio, deben sufrir una pérdida inmediata de ingresos o el peligro de infección, ya que sostienen una masa paralizada de trabajadores a domicilio con entrega de alimentos.
Un estallido de política
Es interesante observar que las medidas tomadas para evitar la amenaza del COVID-19 son prácticamente idénticas a las medidas que los activistas climáticos han estado exigiendo durante décadas: menos viajes, menos trabajo y menos expropiación ambiental. Argumentaron que, para detener el calentamiento global, debemos centrarnos en el decrecimiento, y eso significa trabajar menos y desmantelar las cadenas de suministro mundiales. Como ir a trabajar se ha convertido en una cuestión de vida o muerte, ahora es más claro que nunca que el trabajo es completamente político y ecológico. Simplemente necesitamos extender esta lógica a la amenaza más amplia del colapso ecológico.
Ahora que hemos llegado a este momento político, debemos romper con el ‘business as usual’ [los ‘negocios como de costumbre’] y las políticas neoliberales de contención. Necesitamos un estallido de política. La pandemia del corona es una inmensa tragedia humana y social; pero a pesar de, o quizás debido a esto, también debería ser un verdadero punto de inflexión.
Debemos politizar estos eventos. La política oficial ha abierto la puerta confiando sin rodeos en la solidaridad y la ayuda mutua en la lucha contra el COVID-19, intercambiando cierta contención del virus por la contención de la política. Es exactamente este tipo de solidaridad la que ha estado cargando al neoliberalismo durante las últimas décadas.
Es hora de decir: no más. Es hora de avanzar. Ahora que hemos tenido un primer vistazo de lo que es posible, es hora de patear la puerta.
Es necesario
Deberíamos comenzar por pensar de manera diferente sobre la relación entre la sociedad y el ecosistema. Simplemente ya no podemos darnos el lujo de ver ese ecosistema como un "exterior" puro que se opone a la sociedad; un "otro" que podemos explotar, expropiar y agotar sin cesar. El brote de coronavirus requiere una actitud diferente. Como Bruno Latour dejó en claro: nuestro ecosistema es, en toda su complejidad, un actor político que es tan parte de nuestra sociedad como el ciudadano promedio. La cultura y la naturaleza no se oponen entre sí, sino que están irrevocablemente entrelazadas.
Así como el coronavirus es parte de la sociedad, la forma en que organizamos nuestra vida comunitaria y nuestra forma de trabajar está indisolublemente ligada a un ecosistema mucho más integral. Esta es la gran lección que se puede aprender de esta catástrofe ecológica.
Entonces, si queremos escapar de la contención neoliberal, debemos usar nuestro poder democrático y político para conectar estos dos temas: nuestra relación con el ecosistema y la organización de la vida y el trabajo dentro de él. Apunta a la transformación a gran escala de nuestra sociedad a menudo capturada en el grito de guerra por un New Deal verde. Sin rescates para grandes empresas, sino un rescate para las personas y el planeta. Esto requiere grandes inversiones públicas para hacer que nuestras sociedades sean neutrales al clima, implementar políticas de decrecimiento y una relación social diferente con nuestro ambiente. Naturalmente, los beneficios y las cargas deben compartirse de manera justa, ya que nos damos cuenta de una organización alternativa del trabajo.
Ya sabíamos que era necesario. La pandemia del COVID-19 deja en claro que también es posible.
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Este artículo fue escrito por Bram Ieven y Jan Overwijk en alemán. Fue traducido por La Burra Sapiens a partir del artículo en inglés publicado en Eurozine Puedes acceder al artículo en inglés, en el que se basa esta traducción, en el siguiente enlace: https://www.eurozine.com/we-created-this-beast/
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